The Man with the Beautiful Eyes

Un cortometraje de Jonathan Hodgson.
Un poema de Charles Bukowski

«Cuando éramos niños había una casa extraña. Todas las persianas estaban siempre cerradas, y nunca escuchamos voces en aquel lugar. Y el patio estaba lleno de bambú, y nos gustaba jugar en el bambú, pretendiendo ser Tarzán, aunque no había ninguna Jane. Y había un estanque de peces, uno grande, lleno de los peces de colores más gordos que jamás hayas visto, y estaban amaestrados; venían a la superficie del agua y cogían pedazos de pan de nuestras manos. Nuestros padres nos habían dicho: “nunca vayáis junto a esa casa”. Así que lo hicimos, por supuesto. Nos preguntábamos si vivía alguien allí. Pasaron semanas, y nunca vimos a nadie. Entonces, un día, escuchamos una voz en la casa —-¡MALDITA PUTA!—-. Era la voz de un hombre. Entonces, la puerta de reja de la casa se abrió y el hombre salió. Sostenía un quinto de güisqui en su mano derecha. Tenía unos treinta años. Tenía un cigarrillo en su boca. Necesitaba un afeitado. Su cabello era salvaje y estaba despeinado, y estaba descalzo, en camiseta y pantalones. Pero sus ojos eran claros. Relumbraron con claridad. Y dijo: —-¡Hey, muchachos! Pasando un buen rato, ¿cierto?—-. Entonces soltó una carcajada, y regresó a la casa. Nos fuimos, volvimos al patio de mis padres y pensamos en ello. Nuestros padres, decidimos, nos querían lejos de allí porque no querían que viéramos un hombre como aquel, un hombre fuerte y salvaje, con unos ojos bonitos. Nuestros padres se avergonzaban de no ser como aquel hombre, es por eso que querían que nos mantuviéramos alejados. Pero nosotros regresamos a esa casa y al bambú y los peces de colores amaestrados. Fuimos muchas veces durante muchas semanas, pero nunca vimos o escuchamos a aquel hombre de nuevo. Las persianas estaban cerradas, como siempre, y todo estaba en silencio. Entonces, un día, mientras regresábamos de la escuela vimos la casa; había ardido. No quedaba nada. Solo los latentes y retorcidos cimientos negros. Y fuimos al estanque de peces y no había agua en él y los gordos y naranjas peces estaban ahí, muertos. Secándose. Volvimos al patio de mis padres y hablamos sobre aquello, y decidimos que nuestros padres habían quemado la casa y los habían matado. Habían matado a los peces dorados porque todo aquello era muy hermoso. Incluso el bosque de bambú se había quemado. Le tuvieron miedo al hombre de los ojos bonitos. Y entonces nosotros tuvimos miedo de que a lo largo de nuestras vidas cosas como esa sucedieran, que nadie querría que alguien fuese así de fuerte y hermoso, que otros nunca lo permitirían. Y que mucha gente tendría que morir.»

Reseña en Tren de Sombras.